Actualidad

SUPERSUBMARINA: LA BANDA QUE YA NO NECESITA TOCAR PARA EXISTIR

Casi diez años sin pisar un escenario. El cantante no recuerda haber estado en la banda. Y, sin embargo, en 2026, Supersubmarina sigue siendo una de las bandas más importantes del indie español. La historia de los cuatro de Baeza que han vuelto sin volver — y por qué eso los hace más grandes que nunca.

11 jun 2025Por Malditos Músicos

Casi diez años después del accidente que paró en seco la carrera más prometedora del indie español de su generación, los cuatro de Baeza han hecho algo más raro y más necesario que volver a un escenario.

Supersubmarina, en su reaparición pública tras casi ocho años de silencio.
Supersubmarina, en su reaparición pública tras casi ocho años de silencio.

El cantante de una de las bandas más importantes del indie español de la década pasada no recuerda haber estado en una banda. Esa frase, en cualquier otra historia, sería el final. En la de Supersubmarina es donde empieza a entenderse todo lo demás.

José Martín, Chino, sufre anosognosia. Sus médicos la definen como la incapacidad de reconocer una enfermedad que uno mismo padece. Lo que significa en la práctica es que el frontman de Supersubmarina no recuerda los ocho años anteriores al 14 de agosto de 2016. No recuerda haber grabado en Glasgow con el productor de Belle and Sebastian. No recuerda haber metido un single en el número uno de iTunes. No recuerda los Sonoramas multitudinarios ni el Gibraltar Music Festival compartiendo cartel con Kings of Leon, Madness o Duran Duran. No recuerda haber sido Supersubmarina.

Lo curioso es que ahora vuelve a serlo. Y la banda, oficialmente, sigue sin tocar.

Esa frase debería contradecirse a sí misma y, sin embargo, en el indie español de 2026 es exactamente lo que está pasando. Para entender por qué, hay que volver al principio.

El quiosco del paseo de la Constitución

Cuatro niños jugando al fútbol bajo el sol del paseo de la Constitución de Baeza. Pocos años después, esos mismos cuatro niños tocando música en el quiosco del mismo paseo, bajo la luna. Así arranca Fernando Navarro Algo que sirva como luz, la biografía oral de Supersubmarina que se publicó en abril de 2024 en Aguilar. La imagen es bonita y es exacta. También dice más sobre la banda de lo que parece a primera vista.

Supersubmarina no salió de una escena. Salió de cuatro amigos que se conocían desde críos en un pueblo de Jaén. José Martín a la voz y la guitarra. Jaime Gandía a la guitarra solista. Antonio Cabrera, Pope, al bajo. Juan Carlos Gómez, Juanca, a la batería. Sin escuela de música, sin contactos en Madrid, sin aparato detrás. Solo cuatro chavales que empezaron a tocar en 2005 imitando con un arreglo de teclado el sonido del mar. De ahí salió el nombre.

Esa raíz importa. Importa porque la mayoría de las bandas del indie español de aquella generación venían de Madrid, Barcelona o, como mucho, Granada. Supersubmarina venía de un pueblo de 16.000 habitantes en plena Andalucía interior. Y, sin embargo, en cinco años se habían convertido en una de las bandas que más vendían y más llenaban del país.

El primer EP, Cientocero, salió en diciembre de 2008 en digital. Cuatro canciones, autoeditadas. Letras que parecían sencillas y luego, en una segunda escucha, no lo eran tanto. El siguiente, Supersubmarina EP (2009), incluyó la canción que cambió la conversación sobre la banda: Ana. Sin publicidad, sin radio, sin nada que la empujara más allá del boca a boca, Ana se fue convirtiendo en himno generacional. Era la canción que sonaba en cada coche cuando empezaba el verano. Era la canción que la gente se aprendía sin saber muy bien quién la había hecho.

En 2010, Sony Music los fichó para publicar el primer LP, Electroviral. Trece canciones, algunas recuperadas de los EP anteriores, ya con producción profesional. Era un debut decente, luminoso, con momentos buenos. Pero no era todavía el disco grande.

Cuando Glasgow descubrió Baeza

En enero de 2012, Tony Doogan recibió en Glasgow una llamada para producir un disco español. Doogan había trabajado con Belle and Sebastian. Con Mogwai. Con Teenage Fanclub. Era el productor que la escena independiente del Reino Unido le confiaba a sus discos importantes. Y, dijo que sí, se vino a Baeza a grabar Santacruz.

El detalle no es decorativo. Cambia toda la historia.

Las canciones se grabaron en los estudios Laviña de Baeza durante dos semanas en febrero. Se mezclaron en Castle of Doom Studios de Glasgow, el estudio que regenta Stuart Braithwaite de Mogwai. Y se masterizaron en Sterling Sound de Nueva York con Steve Fallone. Para una banda de Baeza, en 2012, esa cadena de producción era una declaración de intenciones tan clara como un titular en negrita: aspiramos a otra cosa.

Santacruz lo demostró. El primer single, En mis venas, salió en abril en digital y fue número uno en iTunes. El álbum completo, publicado el 22 de mayo, entró en el número tres de la lista de ventas españolas. Lo que era una banda prometedora pasó a ser, sin discusión, la siguiente banda grande del indie nacional. La que parecía destinada a heredar lo que dejaban Vetusta Morla o Lori Meyers cuando se hicieran mayores.

La banda en gira, en el momento más alto de su carrera. La gira de Viento de cara los llevó por toda España entre 2014 y 2016.
La banda en gira, en el momento más alto de su carrera. La gira de Viento de cara los llevó por toda España entre 2014 y 2016.

Lo que hacía grande a Supersubmarina

Aquí hay que pararse, porque el mito post-accidente ha acabado tapando la música. Y la música era lo importante.

Supersubmarina sonaba a algo muy concreto. A guitarras limpias trenzadas con sintetizadores que no se notaban hasta que dejaban de estar. A melodías pop construidas con la solidez de un grupo de rock. A letras de Chino que parecían sencillas y luego, leídas con calma, eran retratos generacionales precisos: la noche que no termina, la chica que no llama, el agosto que se acaba, la promesa rota sin teatro. A una voz que tenía la urgencia justa. El tono de alguien que canta porque le sale de dentro, no porque quiera epatar a nadie.

Viento de cara, su tercer disco (septiembre de 2014), es la consagración. Once canciones que cubren todo el rango emocional al que aspira el indie cuando hace bien su trabajo: la euforia juvenil de Arena y sal, la introspección herida de Algo que sirva como luz, la rabia controlada de Hasta que sangren. Es un disco que aguanta perfectamente la escucha en 2026. Eso, en el indie español de hace doce años, no es tan común como debería.

Su techo era enorme. En septiembre de 2015 fueron uno de los cabezas de cartel del Gibraltar Music Festival compartiendo escenario principal con Kings of Leon, Kaiser Chiefs, Madness, Duran Duran y Paloma Faith. No fueron como banda telonera ni como nombre simpático de relleno: fueron como banda principal. Una banda de Baeza, en 2015, codo con codo con artistas del calibre de Duran Duran en un cartel internacional. Eso era Supersubmarina.

Y entonces, agosto de 2016.

Kilómetro 168

El sábado 13 de agosto de 2016, Supersubmarina toca en el Medusa Sunbeach Festival de Cullera, Valencia. La actuación va bien. La gira de Viento de cara está siendo la mejor de su carrera. Vuelven en su furgoneta hacia Baeza por la N-322.

De madrugada. Kilómetro 168. Una furgoneta de reparto de pan circula en sentido contrario. El conductor se queda dormido al volante e invade el carril en el que viajan los músicos. Colisión frontolateral. Seis heridos. Cuatro de los seis son los cuatro miembros de Supersubmarina.

Las secuelas no son leves. Chino, que iba al volante, se lleva la peor parte: traumatismo craneoencefálico grave, lesiones cerebrales con secuelas neurológicas que en 2026 todavía son evidentes. Juanca, el batería, es el último en salir de la UCI: el 29 de septiembre, mes y medio después del accidente. Pope llega a desarrollar un rechazo profundo a la música de la propia banda, no soporta escucharla. Jaime se reincorpora a la vida con un cuerpo que ya no es el mismo.

Nadie habla de la banda durante meses. Y luego durante años. La pregunta de cuándo vuelven se va apagando porque no hay nadie a quien hacérsela. Supersubmarina, durante siete años, deja de existir como entidad pública. Existe en lo privado, en hospitales, en consultas, en procesos de rehabilitación que no tienen nada que ver con la música.

Lo que Chino no recuerda

De los cuatro, la situación de Chino es la más compleja, y también la más reveladora. Su lesión cerebral le borra los ocho años anteriores al accidente. No es una metáfora ni una forma de hablar: literalmente no recuerda esos años. No recuerda haber escrito En mis venas. No recuerda haber tocado el Sonorama cinco veces. No recuerda Gibraltar.

En las entrevistas para el libro de Navarro, Chino lo dice con una claridad que duele: «Yo no sé lo que es subirme al escenario ahora mismo. He visto vídeos, pero no recuerdo lo que es estar exactamente ahí». Lo que para los seguidores de Supersubmarina es memoria colectiva de una década, para Chino es material de archivo. Lo ha visto. No lo ha vivido. Al menos, no de un modo que él pueda recuperar.

Y aquí está la paradoja que define a esta banda en 2026: el alma creativa de Supersubmarina, el que escribió las canciones, el que las cantaba, no se reconoce en esas canciones. Las escucha y le suenan a algo que no es suyo. Sin embargo, no se ha rendido. Sus compañeros tampoco. Y la banda, contra todo pronóstico, sigue siendo banda.

Algo que sirva como luz (Aguilar, abril 2024). El libro de Fernando Navarro fue el vehículo que les devolvió la voz tras casi ocho años de silencio.
Algo que sirva como luz (Aguilar, abril 2024). El libro de Fernando Navarro fue el vehículo que les devolvió la voz tras casi ocho años de silencio.

El libro que les devolvió la voz

En enero de 2024, Fernando Navarro, periodista cultural de El País y autor del premiado Todo lo que importa sucede en las canciones, anuncia que ha terminado un libro sobre Supersubmarina. Los cuatro miembros han hablado con él durante meses. Sus familias también, sus amigos, su entorno. Lo que llevaba siete años siendo un silencio respetuoso se convierte en un proyecto.

Algo que sirva como luz se publica el 4 de abril de 2024 en Editorial Aguilar. La presentación es en el Teatro Pavón de Madrid. Seiscientas personas en pie aplaudiendo durante varios minutos a cuatro músicos que llevan casi ocho años sin tocar. Lo que ocurre allí no es un regreso a los escenarios. Es algo distinto, y probablemente más importante.

Tres semanas después, la banda publica también La Maqueta: el primer material físico nuevo desde 2014. Una recopilación de grabaciones tempranas con una pista inédita, lanzada en vinilo. Otra forma de aparecer sin reaparecer. De estar sin volver del todo.

En agosto de ese mismo año, Sonorama les dedica un homenaje. La banda aparece en el festival y recibe un baño de masas. La organización instala en la plaza del Trigo de Aranda de Duero un banco-libro con su nombre, una de esas cosas que solo se hacen cuando una banda ha trascendido lo musical y se ha convertido en algo más parecido a un símbolo. En octubre, son los protagonistas de un programa entero de Salvados. La fecha, 27 de octubre de 2024, es la que muchos seguidores recuerdan como el día en que volvieron a llorar.

Por qué importan ahora

Aquí está lo difícil de entender, y lo más importante. Supersubmarina no ha vuelto a tocar. Probablemente no vuelva a tocar nunca como en 2015. Y sin embargo, en 2026, son una de las bandas más relevantes del indie español. Más que muchas que sí están grabando y sí están girando.

¿Por qué? Por varias razones que se cruzan.

La primera es la obvia: sus canciones siguen ahí, y son canciones que han envejecido bien. Ana sigue sonando en bares de Granada y de Madrid. Hogueras sigue siendo el momento álgido de cualquier playlist nostálgica del indie de los 2010. En mis venas sigue apareciendo en bandas sonoras. La música no necesita que la banda esté activa para seguir importando.

La segunda es lo que el libro de Navarro hizo: convertir su historia en algo más que la historia de una banda. La historia de Supersubmarina es ahora también una historia sobre amistad, sobre supervivencia, sobre lo que queda cuando lo que más querías hacer ya no puedes hacerlo. Eso explica por qué nombres como Elvira Lindo, Aimar Bretos o Dani Rovira hablan del libro con la emoción con la que se habla de algo que te ha tocado en lo personal, no de algo que has reseñado por trabajo.

La tercera es la que de verdad importa. Supersubmarina, en su forma actual, propone algo que el rock español casi nunca propone: que la victoria de una banda no es necesariamente seguir tocando. Que se puede ser banda sin escenario, sin disco nuevo, sin gira. Que la amistad entre cuatro músicos puede ser, en sí misma, el proyecto.

«No sabemos si a corto, medio o largo plazo» —dijo Jaime en una entrevista a Europa Press cuando le preguntaron por la vuelta a los escenarios—. «La suerte es que todos hemos recobrado esas ganas, nos hemos reconciliado tanto con la música como con nuestro instrumento. Entonces, es un buen punto de partida porque era muy difícil».

Eso, en el indie español de 2026, es exactamente lo que necesitamos oír. Una banda que no se vende como fenómeno. Que no anuncia gira maratoniana. Que no vuelve para ordeñar la nostalgia. Una banda que vuelve a ser banda por dentro, sin importar si vuelve a serlo por fuera.

Volvamos al quiosco del paseo de la Constitución de Baeza. Cuatro chavales que en 2005 tocaban allí imitando con un teclado el sonido del mar. Pasa el tiempo. Hacen tres discos que terminan colocándolos en lo más alto del indie español. Comparten cartel con Kings of Leon. Llegan a la madrugada del 14 de agosto de 2016 y se les acaba la vida tal y como la conocían.

Pasan ocho años. Y aquí están otra vez. No tocando. No grabando un disco nuevo. Reuniéndose. Hablando. Reconciliándose con la música. Habiendo entendido que la banda son ellos cuatro, no los escenarios. Habiendo decidido que volver a ser amigos es, en sí mismo, volver a ser Supersubmarina.

Si algún día vuelven a tocar, lo sabremos. Si no vuelven, también está bien. Lo importante es que, mientras tanto, siguen existiendo. Y mientras existan, el indie español tiene en ellos algo que no tiene en casi nadie más: la prueba de que las bandas pueden ser más grandes que su música. Y de que la música puede ser más grande que las giras.