Sonorama Ribera 2025: la edición que dejó de ser un festival para convertirse en otra cosa
200.000 personas, un nombre escrito en el cielo de Aranda con doscientos drones, Arde Bogotá tocando el techo del rock español y la confirmación de que aquí, cinco días al año, pasa algo que no pasa en ningún otro festival de este país.
Hay festivales que se celebran. Y hay festivales que pasan a ser otra cosa: un punto de referencia, una conversación que continúa en septiembre, una manera de medir el año musical antes y después. Sonorama Ribera 2025 fue del segundo tipo. Y no hace falta esperar al balance de fin de año para saberlo.
Del 6 al 10 de agosto, Aranda de Duero —veintinueve mil habitantes en condiciones normales— se convirtió en una ciudad de más de cien mil. Doscientas mil personas circularon por el recinto principal y los escenarios urbanos durante las cinco jornadas. Más de doscientos artistas. Diez escenarios. Treinta mil personas de aforo máximo diario. Mil quinientos trabajadores formados como puntos violetas móviles. Trescientos efectivos de seguridad. Y, por encima de todos los números, una sensación que la gente repetía con esa media sonrisa de quien sabe que ha visto algo que cuesta explicar.
Vamos a intentarlo.
La señal en el cielo
La noche del sábado 9 de agosto, alrededor de las once y media, los teléfonos dejaron de sonar. Veinte mil personas en el escenario principal levantaron la cabeza. Sobre el cielo castellano, doscientos drones empezaron a dibujar. Primero unas alas. Luego, dentro de las alas, un nombre: Tara. Después, una bandera palestina ondeando en el aire negro. Después, el símbolo de la paz. Después, un "gracias" que abrazaba al público entero.
Aranda no aplaudió enseguida. Hubo unos segundos de silencio raro, de gente buscándose, de manos sobre el pecho. Y entonces, sin transición, las primeras notas de Veneno empezaron a sonar y Arde Bogotá apareció en el escenario. Lo que vino después merece capítulo aparte.
Pero antes hay que hablar de Tara.
Andrés Martín Garrido fue, durante años, una de las personas que sostenían Sonorama por dentro. No era un artista. No era el director. Era ese pilar que solo conocen los que están en la organización: el que aparece cuando hace falta, el que mantiene la temperatura del proyecto, el que recuerda por qué se hacen las cosas. Falleció demasiado pronto. Y la 28ª edición se dedicó a él. A él, a Moncho —bodeguero, otra pieza imprescindible—, a Rubén, y a todos esos nombres que el festival no ha querido olvidar.
En el centro del recinto, durante los cinco días, brilló un monolito luminoso con esas mismas alas. Javier Ajenjo, director del festival, lo describió así: "para que quien se sienta perdido pueda abrazarse a él". Esa frase explica más Sonorama que cualquier nota de prensa.

Miércoles. Zahara y Muguruza ponen las cartas sobre la mesa
El miércoles 6 abrió con una declaración. No fue solo el cartel. Fue el tono.
Zahara salió al escenario con esa intensidad suya que no se parece a la de nadie y dejó claro desde el primer minuto que iba a hablar de lo que tenía que hablar. Reinventarse como acto de libertad. El escenario también como un lugar para exigir. Reivindicó igualdad, diversidad, justicia. Lo hizo cantando, no entre canciones. Cuando Zahara canta, no se separa nunca la artista de la persona.
Y entonces apareció Fermín Muguruza. A su manera, con esa mezcla de furia contenida y memoria activa que lleva décadas afinando, levantó el recinto y lo hizo con un grito por una Palestina libre. La marea pareció pararse durante unos segundos. Y luego siguió, más fuerte, más consciente.
Esto pasó el primer día. No el cuarto, no en una madrugada cualquiera con los focos bajos. El primer día, con el recinto lleno. Sonorama avisaba: aquí no se viene solo a saltar.
Miss Caffeina, Nil Moliner, Rulo y la Contrabanda, Fernandocosta, Alizzz: todos pasaron por El Picón aquella primera jornada. Pero el corazón de la noche se quedó con Zahara y Muguruza. La banda sonora de un festival que no se conforma con ser solo música.

Jueves. La noche de Viva Suecia y la nostalgia que volvió a Aranda
El jueves arrancó en la Plaza del Trigo a las doce del mediodía. Aquí hay que parar y explicar algo.
La Plaza del Trigo no es un escenario secundario. Es, en muchos sentidos, el verdadero corazón de Sonorama. Cada mañana, mientras el recinto principal duerme, miles de personas se aprietan en el casco viejo de Aranda para asistir a conciertos gratuitos. Bandas emergentes por la mañana. Y, a las tres de la tarde, el clásico: el concierto sorpresa. Nadie sabe quién va a tocar. Pero todos saben que va a pasar algo.
El jueves, el concierto sorpresa fue Despistaos. Y la plaza se desbordó hasta la calle Isilla y hasta la Virgencilla. No cabía nadie más. Daniel Marco, el vocalista, contó al principio que tocar allí era un sueño pendiente desde hacía años. Y entonces empezó Estrella. Y luego Nunca la primera. Y luego Caricias en la espalda. Y la nostalgia se mezcló con ese calor de agosto que en Aranda raspa.
El pico llegó cuando Álvaro Benito, de Pignoise, subió al escenario para cantar Te entiendo. Y luego apareció Física o Química junto a Hens, Enol y Walls. Una generación entera coreando lo que sonaba en sus radios hace quince años. No fue una operación de marketing. Fue una conversación entre amigos en una plaza pequeña con el sol pegando.
Por la noche, El Picón se llenó para Viva Suecia. Es difícil exagerar el peso que tiene esta banda en la liturgia de Sonorama: con solo dos ausencias desde 2016, son ya parte del mobiliario afectivo del festival. Lo que entregaron fue, sencillamente, una clase magistral de cómo se conecta con un público que se sabe cada estribillo desde el primer compás.
Lo Que Te Mereces fue catártica. No Hemos Aprendido Nada provocó uno de esos coros que cortan el aire. Pero el momento se reservó para una sorpresa: presentaron Sangre, adelanto de su próximo disco Dolor y Gloria, en colaboración con Siloé. Dos maneras distintas de entender el pop-rock español unidas en una canción nueva que sonó como himno antes de que nadie supiera la letra. La química era evidente. Y se notó.
Café Quijano cerró su set con una Lola que coreó el recinto entero. Ginebras se despidieron de su gira Billie Maxprometiendo que esto era solo una pausa para volver a componer. Supergrass, los británicos, pusieron su dosis de nostalgia britpop con una eficacia que no necesita explicaciones. Y Siloé, desde Castilla y León, lo reventaron en casa y volvieron luego al Trigo en uno de esos conciertos sorpresa que ya forman parte de la mitología del festival.
Una jornada con tres líneas distintas: la nostalgia que reconcilia, los nuevos himnos que se construyen en directo, y la presencia internacional como contraste. Sonorama hace tiempo que no es un festival "indie". Y lo del jueves lo dejó claro.

Viernes. Franz Ferdinand y el día de Barry B
El viernes 8 fue el día que más esperaban los que vienen al festival a bailar.
Empezó con La Raíz, que actuaba por primera vez en Sonorama. No defraudaron. Mensaje, ritmos bailables, conexión total. La banda valenciana lleva ya unos años en una segunda vida tras el reencuentro, pero la energía que tienen ahora es distinta a la de antes: más madura, menos urgente, con la misma raíz intacta. Bien hecho.
Carolina Durante salió a sacudir el recinto y lo cumplió. Diego es un terremoto sobre el escenario. Las letras "normales" de la banda madrileña funcionan en directo como un cortocircuito entre la ironía generacional y la inmediatez del pogo. Cuando suena Cayetano, no hay distancia entre escenario y público.
Pero el momento del día tuvo nombre propio: Barry B.
Es la primera vez que un artista nacido en Aranda de Duero pisa el escenario principal del festival que se celebra en su pueblo. Esto, en cualquier otro festival, sería una anécdota. En Sonorama, es algo más. Es el cierre de un círculo, la confirmación de que la apuesta por el talento local no es marketing sino política cultural.
Barry B no se conformó con eso. Salió al escenario con la seguridad de quien sabe que está jugando en su terreno y la ilusión de quien sabe que está viviendo un sueño. Hizo subir a su prima, superviviente de leucemia, para cantar con él. Colaboró con Gara Durán. Y se bajó del escenario, en plena interpretación con Diego de Carolina Durante, a cantar entre el público.
Hay artistas que prometen. Y hay artistas que la cumplen en el momento exacto en que tenían que cumplirla. Lo de Barry B en Aranda fue de los segundos.
Y luego llegó Franz Ferdinand. Carisma de los de antes. Alex Kapranos sigue siendo Alex Kapranos: el frontman que entiende que el escenario es un lugar de actuación, no de gestión. Cuando Take Me Out arrancó, el polvo del suelo del Picón literalmente se levantó. Veinte años después de su debut, los escoceses demostraron que ciertos hits no envejecen porque están fuera del tiempo.
Chambao, con la voz dulce de Mari, regaló un momento mágico y reivindicativo, especialmente cuando habló a favor de la paz en Palestina. Otro mensaje, otra vez. Sonorama 2025 estuvo lleno de ellos. Y no fueron decorativos: fueron parte del aire que se respiraba.

Sábado. La noche que se va a contar durante años
Y entonces llegó el sábado.
Antes de hablar de Arde Bogotá, hay que hablar de Amaia. Porque lo que hizo Amaia en el escenario Aranda de Duero, justo antes del Eclipse, fue de otra categoría.
Amaia salió y, en menos de tres canciones, dejó a treinta mil personas en silencio. Sí: silencio en un festival de agosto a las once de la noche. Cuando tocó el arpa en Ya está, el recinto entero se calló. No hay manera de que treinta mil personas se queden quietas si no quieren. Aquella noche quisieron.
En Despedida —canción dedicada a su abuela, que ella presentó como una forma de "celebrar la muerte"— taconeaba como si llevara haciéndolo toda su vida. Le cantó Auxiliar a su madre, presente entre el público. Y, en un gesto que solo hace quien sabe lo que está haciendo, rescató Nuevo verano para los que la siguen desde los inicios, una canción que ni siquiera forma parte del setlist de su gira actual.
Amaia, en este momento de su carrera, está haciendo algo que no estamos viendo hacer a casi ningún otro artista español: combinar la sensibilidad de cámara con la potencia de festival sin pedir permiso ni a unos ni a otros. Pasa del arpa a la coreografía sin despeinarse. Es talentosa, carismática y encantadora, sí, pero hay algo más. Es auténtica de una manera que no se enseña.
Y después de Amaia, los drones. Y después de los drones, Arde Bogotá.

Es difícil escribir sobre el concierto de Arde Bogotá en Sonorama 2025 sin sonar excesivo. Hagamos el esfuerzo.
El espectáculo Eclipse no se había visto antes en ningún otro festival. Era la única fecha del año en formato grande que la banda cartagenera reservaba para esta gira. Y se notó.
Sobre el escenario, un enorme sol rojo. Conforme avanzaba el setlist, el sol iba cambiando: se eclipsaba parcialmente, se eclipsaba del todo, volvía a aparecer como un sol amarillo. La narrativa visual estaba integrada en la música. No era decoración. Era continuación.
Las primeras notas de Veneno marcaron el inicio. Después, durante cien minutos largos, Antonio García, Pepe Esteban, Dani Sánchez y Guille Aragüez desplegaron prácticamente todo su repertorio: Virtud y Castigo, Te Van a Hacer Cambiar, Los Perros, La Torre Picasso —ocho minutos de un tema que necesita escala de festival para entenderse—, Cowboys de la A3, Antiaéreo, Sin Vergüenza con Dani Fernández, El Beso, Cariño, Quiero Casarme Contigo. Cada uno, coreado estrofa por estrofa.
La pregunta que llevaba meses circulando —¿es Arde Bogotá la banda más importante del rock español ahora mismo?— se contestó sola. Los Grammy Latinos del año pasado. El WiZink agotado en horas. El segundo disco grabado en Los Ángeles con Joe Chiccarelli al mando. Y este Sonorama, ante treinta mil personas que no se movieron.
Sí. Lo es.
El cierre del festival lo pusieron, después, La La Love You, Dorian y los conciertos de los escenarios secundarios. Pero la edición ya estaba sellada. Lo que pasó después era pura inercia.

La Plaza del Trigo es el verdadero alma del Sonorama
Hay que pararse a hablar de la Plaza del Trigo. Porque es lo que diferencia a Sonorama de cualquier otro festival de este país.
Mientras los grandes festivales se gastan presupuestos en recintos cada vez más perfectos, en pulseras NFC y en zonas VIP, Sonorama mantiene su núcleo en una plaza de pueblo. Una plaza pequeña. Con bares alrededor. Con casas. Con vecinos asomados a los balcones. Y allí, cada mañana del festival, miles de personas se aprietan para escuchar conciertos gratuitos de bandas emergentes y, sobre todo, para el concierto sorpresa de las tres de la tarde.
Esta edición pasaron por allí Despistaos, Siloé, Besmaya, Alcalá Norte y Carlos Ares. Antes, en la historia del festival, han pasado Vetusta Morla, Rozalén y Leiva en sus mejores momentos. Pero también Sanguijuelas del Guadiana, Chicle, El Nido, Rata o Vicente Calderón: bandas pequeñas que tuvieron, por primera vez, un escenario donde miles de personas las escucharon de verdad.
El Trigo es Sonorama. No por nostalgia. Por estructura. Es la pieza que evita que el festival se convierta en otra cosa. Es la conexión con el pueblo, con la calle, con la imposibilidad de separar el evento de su lugar.
Cuando alguien dice que Aranda es Sonorama, no es una metáfora. Durante cinco días al año, lo es literalmente.
Lo que no funcionó (porque hay que decirlo)
Sería deshonesto cerrar este reportaje sin decir lo que no funcionó. Porque hubo cosas que no funcionaron.
El concierto de Nena Daconte en el escenario principal fue, para una parte del público, uno de los sinsabores de la edición. Tuvo más éxito en sus colaboraciones —con Café Quijano, con Paula Mattheus— que en su propio espacio. Pasa. No todos los días son perfectos.
Mikel Erentxun, con un Duncan Dhu sin Diego Vasallo, ofreció un set contenido, austero, anclado en lo conocido. Para algunos, fue suficiente. Para otros, faltó algo. El listón en Aranda está muy alto. Cuando uno no lo sube, se nota.
Y el concierto de Arde Bogotá, por mucho que fuera histórico, fue para algunos cronistas excesivamente milimetrado: los cartageneros actúan ahora con más seriedad que nunca, concentrados en no salirse del guion, y eso —cuando estás presentando un show que requiere precisión narrativa— es una virtud, pero también puede sentirse como una distancia. Es una observación legítima. La banda eligió la épica controlada en vez de la épica improvisada. Ambas son legítimas.
Estas observaciones no le quitan al festival un milímetro de su dimensión. Pero hay que decirlas. No todo brilla con la misma intensidad. Y Sonorama puede aguantar la crítica porque su sustancia es enorme.
Qué dice Sonorama 2025 sobre el momento actual
Ahora la pregunta de fondo: ¿qué dice esta edición sobre el momento de la música española?
Dice tres cosas que merecen detenerse.
Una. El indie español, como categoría, ha estallado. Sonorama no es un festival "indie". No lo es desde hace años. Pero esta edición lo certifica con tal claridad que ya no hay debate. En el mismo cartel convivieron Arde Bogotá, Amaia, Carlos Ares, Judeline, Barry B, Franz Ferdinand, Café Quijano, Chambao y La Zowi. Eso no es eclecticismo de programador. Es un retrato del país. Las etiquetas se acabaron. Lo que queda son canciones, públicos y momentos. Y Sonorama lo está leyendo mejor que cualquier otro festival grande de este país.
Dos. La generación que ahora tiene treinta y cinco años está construyendo himnos. Lo de Viva Suecia, lo de Arde Bogotá, lo de Carolina Durante, lo de Amaia: son grupos y artistas que ya no están "emergiendo". Están en su madurez. Y están escribiendo canciones que el público se sabe de memoria desde el primer compás. Eso, en el rock y el pop español del 2025, es exactamente lo que necesitamos.
Tres. El público quiere algo más que un concierto. Cuando treinta mil personas se callan ante el arpa de Amaia, cuando miles miran al cielo en homenaje a alguien que no conocían pero respetan porque el festival lo respeta, cuando una plaza pequeña se desborda por un concierto sorpresa gratuito, lo que se está diciendo es que la experiencia festivalera ha cambiado. Ya no basta con la línea de bebida y la playlist correcta. Hay que tener alma. Sonorama la tiene.
La edición se cerró con una promesa: volver. El director, Javier Ajenjo, lo formuló pidiendo que quien hubiera venido a Aranda se fuera feliz, con el lechazo, con el vino de Ribera del Duero, y con una banda nueva en los auriculares de camino a casa.
Esa idea es Sonorama en una frase. El lechazo, el vino, la música, los descubrimientos. La música como excusa para todo lo demás. Todo lo demás como contexto de la música.
Doscientas mil personas. Doscientos artistas. Diez escenarios. Cinco días.
Pero lo que se va a recordar de Sonorama 2025 no son los números. Es la sensación —tan rara en la industria del festival— de haber asistido a algo que importaba. Importaba por Tara. Importaba por Palestina, repetida desde tantos escenarios distintos sin que sonara a postureo. Importaba por Amaia silenciando un recinto entero. Importaba por Arde Bogotá tocando el techo del rock español. Importaba por la plaza pequeña que sigue siendo más grande que cualquier escenario VIP.
El cartel de neón en la entrada de Aranda sigue ahí, en la oscuridad de la madrugada, esperando a que vuelva agosto. "La vida es lo que pasa entre Sonorama y Sonorama". Después de esta edición, hay que tomárselo en serio.
Es solo un festival.
Pero ya no.




