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Leiva escribió «Gigante» mientras su voz se le caía a pedazos. Y ese es, exactamente, el punto

Con una lesión irreversible en una cuerda vocal y tres operaciones a la espalda, Leiva ha publicado «Gigante», el disco más expuesto y arriesgado de toda su carrera en solitario. Catorce canciones grabadas entre Madrid y Texas, masterizadas en Nashville, producidas por él mismo. Doce días después del lanzamiento, analizamos por qué este es exactamente el disco que necesitaba hacer ahora.

16 abr 2025Por Malditos Músicos

Cómo un madrileño de cuarenta y cuatro años con una lesión irreversible en las cuerdas vocales se ha sacado de dentro el disco más expuesto, más arriesgado y más hondo de toda su carrera en solitario. Doce días después de su publicación, este es el análisis.


En marzo, semanas antes de que «Gigante» viese la luz, Leiva se subió al escenario del Movistar Arena a acompañar a Coque Malla. Antes de cantar pidió perdón. Pidió perdón por el estado de su voz, por una dolencia crónica en una cuerda vocal que arrastra desde hace años y que vuelve cada cierto tiempo para recordarle que su instrumento, el que le ha dado de comer toda la vida, le puede dejar de funcionar cualquier día. Doce días después de aquello publicó el disco más expuesto, más desnudo y más arriesgado de toda su carrera en solitario.

Las dos cosas no son una casualidad.

«Gigante» es el sexto álbum de estudio en solitario de José Miguel Conejo —el madrileño de Alameda de Osuna al que un parecido con un brasileño del Atleti acabó dándole nombre artístico—, y es también la primera vez que decide mostrarse así de entero. No "abierto" en el sentido vacío con el que la palabra se usa en cualquier nota de prensa. Entero. Catorce canciones que funcionan, leídas en orden, como un diario que no se censura y que no busca consuelo.

Esto no es un disco de consolidación. Leiva no necesitaba consolidar nada después de reunir a cuarenta y cinco mil personas en tres noches consecutivas en el WiZink en 2023. Lo que ha hecho aquí es otra cosa: aprovechar el privilegio de tener al público comprado para arriesgarse a perderlo. La pregunta no es si «Gigante» es su mejor disco. La pregunta es si era, en este momento de su vida y de su voz, el único disco que podía hacer. Y la respuesta, doce días después de escucharlo en bucle, es que sí.

Portada del álbum "Gigante", diseño de Boa Mistura
Portada del álbum "Gigante", diseño de Boa Mistura

El precio que cuesta seguir cantando

Hay un dato que conviene poner sobre la mesa antes de cualquier análisis musical, porque sin él no se entiende la mitad del disco. Leiva sufre una lesión crónica e irreversible en una de sus cuerdas vocales. Antes de cada gira tiene que pasar por quirófano para que le inyecten algo que le permita aguantar el calendario; es una solución temporal, los efectos se reabsorben con el tiempo, y vuelta a empezar. A día de hoy lleva tres operaciones. El postoperatorio, ha contado él mismo, es un infierno: meses sin poder hablar, sin saber del todo cómo va a salir de ese silencio. Si las cosas se complican, ha dicho en alguna entrevista, no le importaría ganarse la vida como batería. Lo dice medio en broma. Pero lo dice.

Saber esto cambia cómo se escucha el disco. No porque haya que aplaudirle el mérito, eso sería paternalista, sino porque "Gigante" está atravesado por esa conciencia. Por una voz que ya no se exhibe, que ya no busca el agudo, que se ofrece tal y como llega y que se sabe finita. Mondo Sonoro lo dijo bien hace unos días: dicen que la voz del protegido de Sabina anda mermada y, tal vez para aprovecharla, la exhibe natural, sin alardes. Ahí reside la magia, por ejemplo, de "Leivinha" y sus trompetas.

La voz mermada no es un defecto del disco. Es su tesis.

De Madrid a Texas, pasando por Nashville

«Gigante» se grabó entre Madrid y Texas, se mezcló en Madrid y se masterizó en los estudios Sterling Sound de Nashville. La producción la firma el propio Leiva, con Carlos Raya al mando técnico —el mismo que lleva años en su entorno— y los nombres habituales del "universo Leiva" colaborando en los arreglos, con César Pop en lugar destacado. El propio Leiva se ha encargado de la mayor parte de los instrumentos: bajos, guitarras, batería. Casi todo lo que suena ahí lo toca él.

Esta es una información que en otra reseña podría parecer un dato técnico irrelevante. Aquí no. Que Leiva haya decidido producirse él mismo y tocar él mismo casi todo es coherente con lo que el disco está contando. No es un autorretrato porque las letras hablen del autor: es un autorretrato porque su firma está en cada decisión. La elección de un riff, el grosor de un coro, la sequedad de una caja. Lo escribe él, lo toca él, lo produce él. Y se nota.

El paso por Nashville no es una pose ni una excusa para hacer turismo musical. Sterling Sound es uno de los estudios de masterización con más prestigio del planeta —por ahí ha pasado prácticamente todo lo que ha sonado en serio en las últimas tres décadas— y se nota en cómo respira el disco en escucha atenta. Especialmente en vinilo doble, formato en el que la edición se ha tomado en serio: gatefold negro, vinilos de 180 gramos, créditos completos, letras incluidas. No es un objeto comercial, es un objeto coleccionable. Para quienes todavía discuten si la edición física tiene sentido, «Gigante» da una respuesta sin discutir nada.

Leiva y Robe Iniesta durante el videoclip de "Caída libre"
Leiva y Robe Iniesta durante el videoclip de "Caída libre"

«Caída libre»: la colaboración que nadie esperaba que ocurriera

Hay una sola colaboración en todo el disco. Y es histórica.

«Caída libre» es el quinto y último adelanto que publicó Leiva antes del lanzamiento. Salió el 28 de febrero, a algo más de un mes del disco, y en cuestión de días se convirtió en uno de los acontecimientos del año en el rock español. No porque la canción sea especialmente espectacular en su forma —es, casi al revés, una pieza de guitarra y voz, austera, casi pelada— sino porque al lado de Leiva canta Robe Iniesta.

Quien siga la escena sabe lo que esto significa. Robe ha colaborado con muchos artistas en su carrera —Fito, Marea, Platero, Reincidentes, Albert Pla— pero con el paso del tiempo se ha vuelto extremadamente selectivo. Decir que no es lo normal. Decir que sí es excepcional. Y la historia de cómo terminó diciendo que sí merece ser contada.

La canción nació de un dolor que no era suyo. Leiva tenía un amigo cercano atravesando una depresión profunda y un día ese amigo le mandó un verso —algo sobre muebles que mover y no encontrar lo que se ha perdido detrás de ninguno de ellos—. Leiva ha contado que aquella imagen le pareció una descripción exacta de lo que es un proceso depresivo, y se sentó a ponerle música. Cuando terminó la canción supo, sin tenerlo del todo claro pero sabiéndolo, que la voz que esa canción necesitaba era la de Robe. Le mandó el tema. Robe respondió. Y Robe, contra todo pronóstico, no solo aceptó cantarla: se involucró en el proceso, hizo sugerencias, trabajó con Leiva durante meses para pulir cada detalle. Leiva se desplazó hasta el estudio habitual de Robe en Almendralejo para grabar. Después se terminó en Madrid y se masterizó en Nashville.

El resultado es exactamente lo que tiene que ser una colaboración intergeneracional cuando funciona: dos voces que no compiten, que no se hacen sombra, que se reconocen. Robe canta como Robe, con esa cadencia entre lo épico y lo herido que solo él tiene. Leiva canta como Leiva, sin querer parecerse a Robe en ningún momento. Y la canción —que es exactamente lo contrario de un single radiable, un retrato de depresión sin moralejas y sin solución— se ha convertido en uno de los momentos del año.

Hay colaboraciones que se hacen porque alguien tiene un hueco en el calendario. Y hay colaboraciones que se hacen porque dos cantantes se miran y reconocen en el otro algo que no encuentran en casa.

«Caída libre» es de las segundas.

«Leivinha»: el autorretrato sin contemplaciones

Si hay una canción que explica el concepto entero del disco, es la séptima. «Leivinha» es el corte que Leiva ha llamado, sin rodeos, su autorretrato. Y el autorretrato no es complaciente: se describe a sí mismo como maníaco, inestable, obsesivo e hiperaprensivo. Habla de la exposición como algo que le perturba y de los ataques de pánico antes de subir al escenario. Y deja un verso clavado en mitad de la canción —"nunca me sentí a la altura"— que resume bien dónde está parado el autor cuando escribe.

Esto no lo escribe un cantante que está disfrutando su fama. Lo escribe alguien que se está peleando con ella. La canción, musicalmente, hace algo muy listo: arropa esa confesión con una orquestación cálida, con trompetas que sonríen, con una luz instrumental que contrasta con la oscuridad de la letra. Es la decisión artística más interesante del disco. Lo terrible no se canta desde el dolor, se canta desde la observación. Sin victimismo. Sin pose. Como quien hace una lista de ingredientes.

Que esto sea capaz de hacerse a los cuarenta y cuatro años, con la carrera ya hecha y con poco que demostrarle al mundo, es lo que separa «Gigante» de un disco más en su catálogo. Eso, en el rock español de 2025, es lo que necesitábamos.

Las catorce canciones: lo que importa

No vamos a desmenuzar tema a tema, porque no todos los temas se merecen el mismo espacio. Pero hay momentos del disco que conviene señalar, porque cada uno funciona como una decisión consciente.

«Gigante», la que abre, se mueve en el rock recitado del Sabina más vintage —El Giradiscos lo señaló bien hace unos días, hay ahí un eco instrumental de "Barbi Superestar"— y funciona como declaración de intenciones. Si esperabas un single radiable, no vas a encontrarlo aquí. La canción que da título al disco es lenta, deliberada, llena de aire. Te avisa de que esto va a ir por otro lado.

«Bajo presión» y «Ángulo muerto», los primeros adelantos que se conocieron en octubre, son la cara más pop del disco. La primera, mecida sobre un tempo sosegado, es la canción más radiable del conjunto. La segunda juega con metáforas sobre el paso del tiempo y se permite el chiste a costa de uno mismo —"todo el mundo sabe que soy tuerto"— que es uno de los gestos más Leiva del álbum entero.

«Ácido» se permite coros con descarado guiño Beatle. «Cuarenta mil» trae esos riffs que cualquier oyente de Tequila reconoce a la primera, un homenaje implícito a Ariel Rot que no necesita explicarse. «Shock y adrenalina» se planta abiertamente en la línea del Lou Reed de "Sweet Jane". Leiva no esconde las referencias. No las disimula con ironía. Las nombra con sus guitarras, las pone encima de la mesa y dice: vengo de aquí, esto me hizo.

«Barrio» es el corte más concretamente personal del disco. Va sobre Alameda de Osuna, la periferia de Madrid donde Leiva creció, y habla del barrio como origen y bandera, de poder oír a los suyos aullar en la distancia. No es una canción nostálgica al uso. Es una canción de pertenencia. De saber dónde se viene.

«Cortar por la línea de puntos» es lo más cerca que «Gigante» llega del hardrock. Es el momento del disco donde la guitarra se pone seria y los amplis empujan. «Cometas y estrellas» trae un estribillo que recuerda a los cantautores eléctricos de los setenta y que cierra con una autodescripción tan dura como cariñosa.

«Nevermind», la que cierra, es minimalista, melancólica, casi pelada. Una canción de aceptación. De dejar ir. La voz de Leiva sale ahí limpia, sin adorno, y la repetición del título —nevermind, nevermind, nevermind— hace lo que toda gran canción de cierre tiene que hacer: poner punto final sin cerrar del todo la puerta.

Catorce canciones es muchísimo para los tiempos que corren. La industria pide brevedad, pide álbumes de nueve cortes que se digieran en una sentada. Leiva ha hecho lo contrario. «Gigante» dura lo que tiene que durar y exige escucha de pie a cabo. Pone la palabra "álbum" donde casi todo el mundo pone "playlist". Y eso, hoy, también es una posición.

Edición especial de "Gigante" firmada por Boa Mistura
Edición especial de "Gigante" firmada por Boa Mistura

Boa Mistura y la mirilla negra

La edición física merece párrafo aparte. Boa Mistura —el colectivo artístico madrileño que también firmó en su momento la portada de "Nuclear"— se ha encargado del concepto visual de «Gigante». Y lo que ha hecho es una de las piezas más cuidadas que se hayan editado en España este año.

La caja CD deluxe es una pieza de madera tintada en negro de 15 por 15 por 6,2 centímetros con una perforación circular en la tapa que funciona como mirilla. Si miras por ese círculo, ves una imagen de Leiva con un efecto de "pequeña inmensidad" —el término es de la propia presentación del disco y, por una vez, una expresión de nota de prensa describe bien lo que ves—. La metáfora del foco que ilumina solo una parte está perfectamente integrada en el objeto físico.

La edición doble vinilo es igual de cuidada: gatefold negro elegante, tinta negra sobre papel negro para el tracklist, créditos de grabación completos y letras en las fundas. Esto es algo que Leiva lleva haciendo bien desde hace años. Le importan los discos como objeto, no solo como contenido. En una época en la que casi toda la música se consume en formato hiperfungible, esa decisión también dice algo.

La portada de El País Semanal del fin de semana del lanzamiento —"Un año con Leiva en el viaje de su vida", reportaje del dominical de mayor tirada del país— terminó de subrayar lo que Sony y el propio Leiva venían construyendo desde el otoño: «Gigante» no es una novedad musical, es un acontecimiento.

Treinta conciertos para sobrevivir a «Gigante»

El Tour Gigante 2025 arranca el 30 de mayo en la Plaza de Toros de Toledo, con doblete el 31, y termina el 8 de noviembre en el Palau Sant Jordi de Barcelona. Entremedias, treinta fechas en España, incluyendo los dos conciertos del Movistar Arena de Madrid los días 21 y 23 de julio. Sevilla, Burgos, todos los grandes recintos al aire libre del verano. Después, en otoño, llega Latinoamérica: Estadio Obras en Buenos Aires el 29 de noviembre y Auditorio Nacional de Ciudad de México el 16 de enero de 2026.

Treinta fechas es mucho. Para cualquier cantante. Para uno con una lesión irreversible en una cuerda vocal, treinta fechas es una declaración. La gira tendrá que pasar antes por su quirófano y por la inyección habitual que le permite aguantar el calendario, ese parche temporal que dura lo que dura, y eso es algo que cualquier asistente a estos conciertos debería tener en mente. Cada noche en la que Leiva salga al escenario en 2025 será una noche en la que está apostando algo que va más allá del recital.

Ese contexto no debería romantizarse —no hay nada heroico en ignorar una dolencia médica— pero sí entenderse. Si en algún concierto la voz no llega, sabremos por qué. Y si llega, sabremos también por qué. «Gigante» como disco solo se entiende sabiendo que detrás hay una persona que está jugándose el aliento literalmente. La metáfora se convierte en hecho clínico.

Lo que queda en el aire

Doce días después del lanzamiento, «Gigante» se ha colocado en lo alto de las listas españolas y ha consolidado a Leiva, definitivamente, fuera de cualquier discusión sobre vigencia. Eso ya no es lo importante. Lo importante es qué dice este disco sobre dónde está el rock español en 2025 y qué dice sobre qué se puede pedir, todavía, a un artista que lleva en activo desde 1998.

«Gigante» dice que se puede envejecer en serio sobre el escenario. Que se puede componer desde la madurez sin caer en la moraleja. Que la voz puede mermar y la canción puede ganar. Que un cantante de cuarenta y cuatro años puede mirarse al espejo y describirse como maníaco, inestable, obsesivo, hiperaprensivo, y convertirlo en una canción con trompetas que enseñan los dientes y sonríen al mismo tiempo. Que se puede juntar a Leiva y a Robe Iniesta en una balada sobre la depresión sin que la canción se vuelva pesada, ni épica, ni autoindulgente. Que se puede grabar entre Madrid y Texas, masterizar en Nashville, y seguir sonando profundamente español. Que se pueden hacer catorce canciones —catorce— y que cada una se sostenga.

Hay un detalle que cierra el círculo. La última canción se llama «Nevermind». Quien quiera leer ahí un guiño grunge, que lo lea: el guiño está. Pero también puede leerse al pie de la letra. "Da igual". La frase con la que se cierra un disco titulado «Gigante» es "da igual". El gesto es exactamente el que cabe esperar de alguien que se ha pasado catorce temas mirándose hacia dentro sin caer en la trampa de tomarse demasiado en serio.

Leiva ha dicho en alguna entrevista que «Gigante» es uno de los mejores discos de su carrera. Lo es. Pero no por las razones que normalmente se usan para decir eso de cualquier disco. No es el más popular, ni va a ser el más vendido, ni es el que mejor le va a sonar en la radio. Es el mejor porque es el más necesario. El que no podría no haber escrito. El que solo podía hacer ahora.

Hay discos que se hacen desde la cima y hay discos que se hacen desde el filo. «Gigante» está, exactamente, en el filo.

Y se nota.