Hay dos maneras de contar la temporada de festivales de 2026 y las dos son verdad, que es exactamente lo que la hace incómoda.

La primera: la música en vivo en España acaba de firmar el mejor ejercicio de su historia. La segunda: más de ochenta festivales se han caído del calendario este año, según el recuento de elDiario.es. Ochenta. De todos los tamaños, de todos los estilos y de casi todas las comunidades autónomas.

Quien quiera titular «pinchazo de la burbuja» tiene material. Quien quiera titular «sector en máximos» también. La lectura honesta es menos épica y bastante más útil: lo que está pasando no es un hundimiento, es una concentración. El dinero sigue ahí. Lo que ha cambiado es dónde se queda.

Ochenta y pico maneras de decir «no salen las cuentas»

El desglose por causas es lo más revelador del recuento. No hay un culpable único, hay tres presiones a la vez:

  • Riesgo económico (una treintena): la venta de entradas no despegaba y abrir puertas salía más caro que no abrirlas. El caso extremo documentado es el Kalikenyo Rock de Juneda, con 241 entradas vendidas. También cayeron Cala Pop (Fuengirola), Salsón (Barcelona), el Festival de les Arts (Valencia) y el Reggaeton Beach Festival, que se llevó por delante siete ciudades a la vez.
  • Falta de apoyo institucional y tensiones municipales (otra treintena): permisos que llegan tarde o no llegan. El Son Da Industria de Vigo recibió el suyo un día antes. La Asociación de Promotores Musicales (APM) lleva meses hablando abiertamente de «pesadilla» administrativa.
  • Clima (una docena larga): olas de calor —el Here Comes The Sun de Bilbao cayó en junio por eso—, rachas de 80 a 120 km/h en el Puente Sonoro de Zaragoza, riesgo de incendio en Lleida, Ávila y Cáceres.

Por territorios, las más golpeadas son Galicia y Catalunya (diez cancelaciones cada una), seguidas de la Comunitat Valenciana (nueve), y de Madrid y Andalucía (ocho cada una).

Y hay una categoría aparte, casi cómica si no fuese cara: la de los tres festivales montados alrededor del eclipse solar del 12 de agosto de 2026 —Sigizia en Huesca, Astral Plane en Segovia, Iberia Eclipse en Soria— que no llegaron a celebrarse. Programar un festival alrededor de un fenómeno astronómico es una idea preciosa hasta que hay que venderla.

Mención especial al lenguaje. «Motivos totalmente ajenos a nuestra voluntad». «Incidencias de última hora». «Causas externas». «No queremos celebrar una edición que no cumpla los estándares de calidad que os merecéis». Cuando un sector entero comparte los mismos eufemismos, el eufemismo ya es el dato.

Tomavistas: el aviso que se leyó tarde

El caso que mejor resume el año no es el más grande, es el más simbólico. Tomavistas dio por terminada su historia el 21 de febrero de 2026, después de doce años como el festival urbano de referencia del indie madrileño. Sin rueda de prensa y sin comunicado formal a los medios: la confirmación llegó por redes de la mano de uno de sus codirectores, Willy García Blesa.

Detrás había unos resultados insuficientes en la edición de mayo de 2025 en La Caja Mágica y, lo más grave, un escenario de impagos a artistas y trabajadores. Ahí está el nervio del asunto: cuando un festival se cae, la factura no la paga el cabeza de cartel. La pagan la banda que tocaba a las seis de la tarde, la técnica de sonido y la empresa de catering.

Que un proyecto con doce años, marca consolidada y público fiel no aguantara un solo año malo dice bastante de lo fino que se hila en los márgenes de este negocio.

Y mientras tanto, 807,2 millones de euros

Aquí llega el giro. El Anuario de la Música en Vivo 2026 de la APM cifra la facturación por venta de entradas de 2025 en 807,2 millones de euros: récord histórico y cuarto año consecutivo de crecimiento, un 11,24% por encima de los 725,6 millones de 2024. Contando gasto directo, indirecto e inducido, el impacto sube a 5.812 millones.

Los datos de asistencia van en la misma dirección: Arenal Sound (300.000), Primavera Sound (297.000) y Viña Rock (240.000) encabezan la tabla, mientras el líder en recaudación vuelve a ser el Icónica Santalucía Sevilla Fest de Green Cow Music, con 276.601 entradas repartidas en 28 citas.

Fíjate en ese último dato, porque es la clave de todo el asunto: veintiocho citas. No es un festival de tres días en un descampado. Es un festival de ciclo: programación sostenida en el tiempo, recinto estable, gastos repartidos y riesgo troceado. El Anuario señala precisamente ese modelo como el que está tirando de las cifras.

Traducido: no se está muriendo el directo. Se está muriendo un formato concreto —el macroevento de fin de semana, con cachés inflados desde la pandemia y dependiente de vender el 90% del aforo o perderlo todo— mientras otro formato, más lento y menos fotogénico, se lo come.

Lo que 2027 ya da por perdido

La lista de bajas no se cierra en diciembre. Ya han anunciado que no habrá edición el año que viene el Mobo Fest (Mallorca), el Boombastic (Asturias), el Sun And Thunder (Málaga), el Son Da Industria (Vigo) y el Surfing The Lérez, con el Dansàneu de Lleida en la cuerda floja.

Ninguno de esos nombres va a abrir un telediario. Y todos ellos eran, en su comarca, la única noche del año en la que se podía ver música en directo sin coger el coche una hora. Eso es lo que de verdad se está perdiendo mientras la cifra agregada sube.

Así que la pregunta para 2027 no es si habrá festivales. Los habrá, y facturarán más. La pregunta es cuántos estarán a menos de cien kilómetros de tu casa, y si los grupos de tu ciudad seguirán teniendo dónde tocar un sábado.

En Malditos Músicos seguimos la temporada festival a festival: carteles, fechas y lo que no viene en la nota de prensa.