Manufactura viene del latín y significa, literalmente, hecho a mano. No sabemos si Arde Bogotá pensaron en la etimología cuando titularon su tercer disco. Pero la cumplen al pie de la letra.

«Manufacturas del Club de la Gente Sola» salió el 2 de octubre y fue su primer número 1 de ventas en España. Del sonido ya hablamos en nuestra reseña. Un mes después toca hablar de lo que se ve, porque aquí la imagen no es promoción: es la mitad del argumento.

El ingeniero y su laboratorio

Los vídeos de este disco no son vídeos sueltos. Son capítulos. «Instrucciones» presentó a un ingeniero obsesionado con fabricar un corazón indolente, «Bigger Splash» lo siguió y «El club de la gente sola» lo encerró en un laboratorio de estética ochentera donde el invento se somete a pruebas delante de un grupo de personas. Detrás de ese último está Guillermo Aliaga, con la dirección creativa de Sabotage Propaganda.

Antonio García lo contó en Nuebo: en un momento dado se dieron cuenta de que estaban haciendo «un manual para la sensibilidad». Y en COPE la banda resumió lo que buscaba en una frase: «Sonar a humano, a algo impreciso y, al mismo tiempo, bello». Guárdate esa frase, porque es la clave de todo lo que viene.

Cartagena, sin postal

Todo se ha rodado en casa, pero no en la Cartagena de los folletos. «Instrucciones» se grabó en el antiguo taller de óptica de la Armada, en Los Barreros. «El club de la gente sola», en los túneles subterráneos de submarinos de El Espalmador. Y la portada es la fachada de un antiguo taller de óptica del Arsenal.

Ni la playa ni el teatro romano. Arsenal, talleres y túneles: la maquinaria de una ciudad para un disco sobre maquinaria. El Ayuntamiento ya ha aprovechado los vídeos para vender una Cartagena desconocida, y ahí estaba el riesgo de convertirlo todo en postal. No pasa. La ciudad sale entera, pero no sale bonita. Y se nota.

El objeto como argumento

La edición más cara tiene forma de archivador: vinilo, flexi disc, inserts y anotaciones, en una caja manufacturada y numerada a mano. La premium también se hace a mano: vinilo troquelado, letras con acabado UVI, funda con las letras y una sobrecubierta de papel vegetal. Hay CD en digipack y, por primera vez en su carrera, casete. Las entradas de la gira se vendieron solo en taquilla y en papel, y se agotaron en tres horas.

Aquí está la jugada. El ingeniero del disco quiere un corazón que no sienta. La banda, en cambio, te obliga a tocar el disco, a hacer cola para la entrada y a buscar el número de tu copia. Contra la anestesia, tacto. La única pega: el casete, en 2026, tiene más de gesto que de uso.

Precisión por fuera, imprecisión por dentro

Lo más fino de «MCGS» es que el concepto es más abstracto de lo que parece. El ingeniero no es un personaje que recorra las canciones de principio a fin. Es un tono: lo industrial, lo cuadriculado, el punto perfeccionista de quien mide cada pieza antes de soldarla.

Las letras no ilustran ese manual. Y hacen bien. La estética pone la precisión y las canciones ponen justo lo contrario, eso que la banda llamaba sonar a humano, a algo impreciso. Por eso ninguna se sale del concepto: el concepto no las encierra. Las envuelve.

Si hay que quedarse con una, nos quedamos con «Olivos», uno de los medios tiempos del disco, que es donde Arde Bogotá suenan más a sí mismos y menos a laboratorio.

Un escalón por encima

Este año, las dos bandas que marcan el paso del indie español han sacado disco. Siloé publicaron «Terrorismo Emocional» en mayo; Arde Bogotá, «MCGS» en octubre. Los dos son buenos discos, y las dos bandas han crecido como pocas en estos años.

Pero hoy Arde están un escalón por encima. «MCGS» evoluciona, cambia de registro sentimental y aun así cumple con lo que se esperaba de ellos después de «Cowboys de la A3». Y vuelve a tener pinta de éxito. Hacer eso en el tercer disco, cambiando, es lo difícil. Lo bueno de un manual es que funciona. Lo mejor de este es que las canciones no lo obedecen.

Lo veremos en La Riviera los días 26 y 27 de noviembre, dentro de una gira por salas pensada para ver al público a la cara. «MCGS» habla de dejar de sentir, y todo lo que lo rodea está hecho para que lo toques.