«Noitada» no es eso. Y se nota desde los primeros quince segundos.
Baiuca y Carlos Ares se publicaron juntos el 24 de junio, la madrugada de San Xoán, y presentaron la pieza esa misma noche en el Náutico de San Vicente, en O Grove, con fuego, panderetas y gente que entendía perfectamente lo que estaba pasando. Lo que estaba pasando era esto: dos artistas que llevaban años merodeándose por fin se sentaron a hacer una canción juntos. Sello: BMG. Lengua: gallego. Intención: ninguna concesión. Calendario: el más simbólico posible, no porque vendiera más, sino porque era el único que tenía sentido.
Esa diferencia, la del calendario que obedece a la canción y no al revés, es exactamente lo que define que estemos ante algo distinto. Lo otro, lo habitual, es publicar el martes que toca porque BMG decide que toca. Aquí no. Aquí decidió la noche. Y eso, en esta industria, ya es un acto de resistencia pequeño pero verdadero.
Lo cuentan los propios artistas sin disfrazarlo. La canción nace, dicen, del impulso "incontrolable" de escapar "no medio do monte". Es una canción, añaden, para "bailar la huida, celebrar la raíz, y dejar atrás lo que ya no queremos mirar". La noche, rematan, "no es solo un paisaje, es casi un estado mental". Y huele, dicen, a "cenizas de carballo, castaño y laurel".
Léelo otra vez, despacio. Porque eso, dicho así, por dos artistas en pleno 2026, no es lo que sale de una nota de prensa de catálogo. Es lo que sale de gente que sabe perfectamente lo que ha hecho y sabe cómo quiere contarlo. No están vendiendo una canción. Están enmarcándola dentro de algo más grande que ellos. Y esa diferencia, la del que vende frente al que enmarca, es la frontera real entre lo que dura y lo que no.
El gesto de cantar en la lengua propia cuando ya no hace falta
Carlos Ares ha vendido lo suficiente en castellano como para no tener que cantar en gallego nunca. Peregrino (2024) lo puso en el mapa. La Boca del Lobo (2025) lo elevó a una posición que en el pop alternativo español comparten cuatro o cinco nombres como mucho: Premios MIN, 869.000 oyentes mensuales en Spotify, gira por salas grandes vendiendo entradas con anticipación, anuncio de un cierre de ciclo con seis conciertos en grandes recintos que incluye Movistar Arena el 30 de enero de 2027. La carrera está construida, la fórmula funciona, el público responde, los charts responden, los premios responden.
No había, en términos estrictamente comerciales, ninguna obligación de hacer este movimiento. Más bien al contrario. Cantar en gallego cuando llevas dos discos consolidando una voz en castellano es estadísticamente una mala idea. Reduce el mercado. Complica la radio. Aleja a una parte del público que te conoce por una identidad concreta. Es, sobre el papel, una decisión costosa.

Por eso pesa lo que pesa. Cantar en la lengua propia cuando ya no necesitas demostrar que perteneces a ningún sitio es, exactamente, un gesto político. No partidista. Político en el sentido más limpio de la palabra: dice algo sobre quién eres, desde dónde escribes y a quién le hablas en serio. Hay artistas gallegos, vascos, catalanes o asturianos que llevan toda la carrera dando rodeos para no pisar ese terreno porque saben lo que cuesta. Y hay otros, más raros, que llegan a un punto en el que dicen "vale, ya está bien, ahora me siento donde toca".
Ares lo hace, además, sin estridencias. Sin la pose del que descubre la galleguidad a los treinta y la convierte en posicionamiento de marca. Sin el subrayado de "mirad lo que estoy haciendo, qué valiente soy". Canta en gallego como quien por fin se sienta en la silla que le corresponde. Con naturalidad. Sin reivindicar nada que no se reivindique solo. Y precisamente por eso funciona.
Y se nota en la propia interpretación. La voz, que en sus discos en castellano juega con esa media distancia confesional que es su marca de la casa, aquí se transforma. Se vuelve mantra. Repetitiva, hipnótica, deliberadamente menos protagonista. Como si entendiera que «Noitada» no va de él. Va de algo mucho más antiguo que él. Va de un sitio al que él pertenece, no al revés. Esa humildad interpretativa, en un artista de su tamaño, es rara. Y es la mejor decisión que podía haber tomado.
Lo que Baiuca lleva una década haciendo mejor que nadie en este país
Toca decir esto sin rodeos: Alejandro Guillán, que es Baiuca, es el productor más importante que ha producido la electrónica española en lo que llevamos de siglo. Punto. No el más vendido. No el más mediático. El más importante en términos de aportación real al lenguaje. Y conviene decirlo en un medio como este porque en Madrid se ha tardado demasiado en asumirlo y a estas alturas la deuda crítica ya empieza a ser indecente.
Lleva una década haciendo una sola cosa con una obstinación admirable: traducir el folclore gallego a la electrónica sin traicionar a ninguna de las dos partes. Es la única persona en este país que ha entendido del todo que la pandereta y el sintetizador no son enemigos. Que la muñeira y el dub pueden compartir compás. Que hay maneras de honrar la tradición que no pasan por musealizarla ni por convertirla en estampa de turismo cultural. Y hay maneras de hacer electrónica de raíz que no son ni postureo coachella ni reciclaje de fórmulas anglosajonas.
Baiuca ha resuelto ese problema. Solo. Sin manual. Y lo ha resuelto bien.

En «Noitada» todo eso se vuelve estructura. Las flautas de Antía Caaveiro y del propio Baiuca. La pandereta de Andrea Montero. La mandolina y el banjo de Ares. Sintetizadores que flotan. Percusiones que avanzan con la calma de quien sabe exactamente adónde va. La canción cruza reggae, dub, pop alternativo y electrónica orgánica sin sonar en ningún momento a ejercicio de fusión. No es un híbrido. No es una colcha de retales. No es una demostración de versatilidad. Es una sola cosa, sólida, autocontenida, con un centro emocional muy claro. Y eso, técnicamente, es mucho más difícil de lo que parece.
Es luminosa y misteriosa a la vez. Festiva e introspectiva. Tiene momentos para perderse y momentos para concentrarse. Funciona en festival y funciona en auriculares a las tres de la mañana, que son dos cosas que casi nunca conviven en la misma canción. Si tiene un defecto, es que en escucha por encima parece menos de lo que es. Hay que dejarla puesta tres veces. A la cuarta ya no la quitas. A la décima entiendes la decisión de cada elemento. A la vigésima sabes que vas a volver a ella en noviembre, en febrero, en julio del año que viene.
Una obviedad que en Madrid ha costado demasiado asumir
Vamos a decirlo claro, porque ya toca. La escena gallega vive ahora mismo el momento creativo más importante de su historia reciente. No "uno de los momentos". El. Y la prensa cultural española sigue cubriéndola en bloque, como un fenómeno regional curioso, en lugar de tratar a cada uno de sus protagonistas con la dimensión que les corresponde individualmente.
Mondra. Baiuca. Carlos Ares. Tanxugueiras. Verto. Boyanka Kostova. Fillas de Cassandra. Grande Amore. Sés. Caamaño & Ameixeiras. La lista es larga, es heterogénea y es buena. Hay generación. Hay diálogo entre proyectos. Hay producción técnica de primer nivel. Hay letras que están al menos a la altura de cualquier otra cosa que se escriba hoy en castellano en este país. Y hay un público gallego, muy joven, que está respondiendo con una intensidad que no se ve en otras escenas regionales.
¿Por qué entonces la mayoría de las revistas, las playlists editoriales, los premios nacionales y los grandes festivales del eje Madrid-Barcelona siguen tratando a estos artistas como si fueran "lo gallego" en lugar de simplemente "lo bueno"? Porque hay un sesgo viejo que tarda en disolverse. El de pensar que la música hecha en una lengua minorizada es, por defecto, música de nicho. Aunque venda. Aunque sea técnicamente superior. Aunque la firme un productor que en cualquier otro país sería ya patrimonio cultural reconocido.
«Noitada» aparece justo cuando ese sesgo está empezando a romperse. Apenas unas semanas después de «Mazarocas», la colaboración entre Baiuca y Mondra. Es decir: Baiuca está tejiendo activamente una red de encuentros con los otros nombres importantes de su generación. Eso no es casualidad. Es una decisión consciente, estratégica, casi política. Es una manera de decir, sin tener que decirlo en una entrevista, que la escena existe como escena. Que hay conversación entre proyectos. Que hay tribu. Que ya no se trata de carreras paralelas que coinciden geográficamente. Se trata de un movimiento.
Y los movimientos, cuando se reconocen como tales, cambian el mapa. Aunque la prensa de Madrid tarde otros tres años en darse cuenta.
Lo que no se dice y que cambia la lectura de todo
Hay un detalle que casi nadie está poniendo encima de la mesa y que reorganiza el sentido completo de la canción. Baiuca está cerrando los últimos conciertos de su gira "Fin do Barullo" antes de un parón largo en directo. Largo de verdad, no de los de tres meses para descansar. Por su parte, Carlos Ares cierra el ciclo de La Boca del Lobo entre noviembre y enero con seis fechas en grandes recintos: Málaga (21 de noviembre, París 15), Bilbao (27 de noviembre, Santana 27), A Coruña (19 de diciembre, Palacio de la Ópera), Barcelona (9 de enero de 2027, Sant Jordi Club), Valencia (23 de enero, Roig Arena) y Madrid (30 de enero, Movistar Arena).
La canción aparece, por tanto, justo entre dos finales. El de un ciclo de Baiuca y el de un ciclo de Ares. Y eso, leído con atención, le añade una capa entera que la letra ya proponía sin decirlo: la idea del rito de paso, del fuego que purifica, de la huida que también es purificación. San Xoán no era un decorado bonito para vender un single. Era el sentido literal. Quemar lo que ya no sirve. Bailar la huida. Salir limpio. Empezar otra cosa.
Cuando una canción tiene esa coherencia entre lo que dice, cuándo se publica, dónde se presenta y en qué momento de la trayectoria de cada artista llega, deja de ser un single. Pasa a ser una declaración. Y las declaraciones, en esta industria, son rarísimas.
A finales de agosto, cuando todos los medios estemos haciendo la lista canónica del single del verano, va a haber dos o tres candidatos del reggaetón melódico, uno o dos del indie de festival, alguna apuesta urbana con featuring sorpresa y la típica balada que nadie esperaba. Va a ser una conversación, como cada año, con sus pros y sus contras.
Pero el que realmente va a quedarse, el que dentro de cinco años seguirá sonando en las hogueras de San Xoán de Vigo a Cangas, en las playlists de invierno cuando ya nadie se acuerde de lo otro, en los discos recopilatorios de fin de año de la gente que escribe sobre música porque le importa, es este.
No porque sea el más comercial. No lo es. No porque sea el más viral. Probablemente tampoco. No porque sea el más fácil. Tampoco.
Porque es el único de toda la cosecha que ha entendido para qué sirve hacer una canción. Y se nota.
